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Esperanza

Muchos, al primer tropiezo, se vienen abajo. Y eso siempre sucede por alguno de estos dos motivos:

  1. Son adictos a perder.
    Tienen miedo a la esperanza. Prefieren no arriesgarse a sufrir a largo plazo y al fracaso definitivo; les tranquiliza obtener siempre una derrota prevista. Y el problema de acostumbrarse a la derrota prevista es que al final terminas siendo esclavo de ella. Te hace adicto.
    Los medios, los gobernantes y el cine y la literatura modernos están creando verdaderos adictos al miedo: las cosas no terminan bien casi nunca, siempre hay malos, siempre hay una amenaza horrible, siempre acabas perdiendo, siendo víctima. Se premia ser víctima. Se premia perder.
  2. Creen que la victoria es fácil.
    Estos son los peores, porque nunca ganarán nada. Ganar es muy difícil. Nada de lo que tenemos hoy en Occidente —nuestros derechos, nuestras comodidades, nuestra libertad— se ha conseguido sin dolor, sangre, pérdidas, derrotas y sufrimiento.

La clave para vencer es la esperanza. Porque los fracasos nunca son definitivos. Jamás. Las derrotas nunca son para siempre. Mas tener esperanza nos hace audaces, libres, ágiles, alegres. No hay fechas. Siempre nos quedará un día más.

Sin esperanza pierdes antes de empezar.

Piensa en el Reino Unido durante la Segunda Guerra Mundial: sin aliados, bombardeados por Hitler, esperando la invasión después de haber salido corriendo de Francia en botes de pesca y con el primer ministro, Chamberlain, pidiendo rendirse. Y de repente aparece un loco, borracho y egocéntrico (Churchill) que recoge el miedo y se lo echa al hombro… El resto es historia.

Hay que saber esperar hasta la locura.

Los políticos de izquierdas —y también muchos de derechas— nos quieren desesperanzados, porque sin esperanza nos quedamos quietos, como ovejas en el matadero.

La audacia es la máxima expresión de la esperanza.

Nada de pedir permiso.



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